La Promesa y la oración de la fe. La oración de Abraham. Catecismo 2570-2573

2570 Cuando Dios le llama, Abraham parte "como se lo había dicho el Señor" (Gn 12, 4): todo su corazón se somete a la Palabra y obedece. La obediencia del corazón a Dios que llama es esencial a la oración, las palabras tienen un valor relativo. Por eso, la oración de Abraham se expresa primeramente con hechos: hombre de silencio, en cada etapa construye un altar al Señor. Solamente más tarde aparece su primera oración con palabras: una queja velada recordando a Dios sus promesas que no parecen cumplirse (cf Gn 15, 2-3). De este modo surge desde los comienzos uno de los aspectos de la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en la fidelidad a Dios.
2571 Habiendo creído en Dios (cf Gn 15, 6), marchando en su presencia y en alianza con él (cf Gn 17, 2), el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa (cf Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38). Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (cf Gn 18, 16-33).
2572 Como última purificación de su fe, se le pide al "que había recibido las promesas" (Hb 11, 17) que sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: "Dios proveerá el cordero para el holocausto" (Gn 22, 8), "pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos" (Hb 11, 19). Así, el padre de los creyentes se hace semejante al Padre que no perdonará a su propio Hijo sino que lo entregará por todos nosotros (cf Rm 8, 32). La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios y le hace participar en la potencia del amor de Dios que salva a la multitud (cf Rm 4, 16-21).
2573 Dios renueva su promesa a Jacob, cabeza de las doce tribus de Israel (cf Gn 28, 10-22). Antes de enfrentarse con su hermano Esaú, lucha una noche entera con "alguien" misterioso que rehúsa revelar su nombre pero que le bendice antes de dejarle, al alba. La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia (cf Gn 32, 25-31; Lc 18, 1-8).

1 comentario:

Alberto C. dijo...

Para tratar este tema creo que es importante saber que hacer oración sirve como cimiento del edificio espiritual. De igual forma que nuestro cuerpo necesita ser alimentado cada día para seguir funcionando, nuestra alma también necesita de ese alimento espiritual. La oración nos da la fuerza necesaria para no decaer psicológicamente.
“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios”, dijo el Señor. -¡Pan y palabra!: Hostia y oración.
Si no, no vivirás vida sobrenatural.
Punto 87 de Camino.
La oración no consiste sólo en oraciones vocales. Éstas son una gran forma de hacer oración. Sin embargo, la oración consiste en tener un diálogo con Dios. Un diálogo. Hay que mantener una conversación con el Señor. A la pregunta ¿Y cómo se escucha al Señor si éste no puede habar y no puedes escucharlo? Cierto es que no se le puede escuchar, pero si se le puede sentir y oír. Él te habla a través de la conciencia. Debes ser tu quién le preguntes y a través del Espíritu Santo recibirás la gracia y conocerás lo que te quiere transmitir.
“La oración del cristiano nunca es monólogo” Punto 114 de Camino.
La oración nunca es estéril, siempre es fecunda. Algo a tener en cuenta es que la oración es omnipotente, porque Dios habita con su palabra en el corazón del hombre. Cómo se ve en el Santo Evangelio de San Juan:
“Al principio existía la palabra, y la palabra estaba junto a Dios, y la palabra era Dios.” San Juan 1,1
Así pues la palabra es Dios y mediante ésta accedemos a él. Con la oración podemos conseguirlo todo, eso sí, hay que pedir las cosas con insistencia. Por otra parte, hay que ser humilde en la oración y huir del anonimato.
“¿Católico, sin oración?... Es como un soldado sin armas”. Punto 453 de Surco.
“¿Santo, sin oración?... –No creo en esa santidad.” Punto 107 de Camino.
Un católico ha de hacer oración. No valen excusas del tipo: “Yo, soy católico pero no practicante” El ser católico lleva en esencia cosas como asistir a la Santa Misa, defender a Cristo, predicar la palabra y además hacer oración. El hecho de ser católico implica todo eso. Si no se hace, no se es católico.
Incluso, si pensamos en la vida después de la muerte (un católico cree en eso) llegamos a la conclusión de que todo lo que conseguimos en esta vida terrenal no es nada comparado con lo que ganamos en la vida eterna. Nuestra vida vale lo que vale nuestra vida de oración.

Para aquél que no crea en Dios y se autodefina como ateo o simplemente no católico, ese argumento no le convencería. Sin embargo yo intentaría convencerle explicandole mi ejemplo: Hace dos años yo vivía en un, aparentemente, mundo perfecto. Estudiaba lo mínimo necesario, hacía planes no demasiado correctos para mi visión actual y mucho menos creía o hacia oración. Con el tiempo esto cambio. Tuve la suerte de acabar en un club en el cual poco a poco, me enseñaron todas las cosas referentes a la religión y en el que descubrí la oración. A medida que pasaba el tiempo, me iba dando cuenta del mundo “matrix” en el que hasta ese momento había vivido. Todo era una ilusión y no me daba cuenta de lo realmente importante. Fue gracias a la oración que comencé un diálogo diario (o eso intento) con Dios hasta hoy mismo. Comencé a pedirle cosas con mucha insistencia y humildad. Hoy mismo, muchos de los defectos que tenía hace dos años los intento corregir día a día por medio de la gracia que me transfiere Dios con la oración.
Además, si nos fijamos en la Iglesia Católica, nos damos cuenta de que ésta institución fundada por Jesucristo, ha tenido que pasar por muchas penalidades desde su creación hasta nuestros días. ¿Cómo se explica ésta supervivencia si no es por la gracia que recibe la Iglesia con la Oración?